Hay un personaje en El Imaquinario de Yute y Tocuyo que está permanentemente de mal humor. Reniega, maldice, insulta y se queja prácticamente de todo. Probablemente sea el personaje que más lisuras dice en todo el Imaquinario. Se llama el Panda Atómico y tiene un objetivo bastante claro en la vida: quiere largarse de aquí.
El Panda está convencido de que el Imaquinario es un mundo putrefacto. Un lugar cruel, absurdo e injusto que no ha hecho otra cosa que maltratarlo. No siente que pertenezca, no tiene amigos y ha desarrollado una profunda desconfianza hacia prácticamente todo lo que lo rodea. Para colmo, cuando finalmente encuentra algo parecido a un amigo, este resulta ser el Conejo Atómico, un lunático absolutamente impredecible que asegura recibir instrucciones de una misteriosa entidad llamada el Algoritmo. En uno de sus arrebatos, termina detonándole una pierna con un explosivo. Así que, hasta cierto punto, uno puede entender al pobre Panda.
Cuando lo fui creando, siempre imaginé que tenía algo del Capitán Haddock de Tintín. Me gustan mucho esos personajes que parecen estar permanentemente peleados con el mundo: Haddock lanzando insultos imposibles, Ebenezer Scrooge despreciando la Navidad o Carl, el viejito de Up, encerrado en su casa y renegando contra una realidad que parece haber seguido avanzando sin él. Son personajes graciosos pero cuyo mal humor es raramente gratuito. Detrás hay una pérdida, una decepción, una herida. Y creo que eso es precisamente lo que ocurre con el Panda Atómico.
Panda no reniega porque sea malo. Reniega porque está herido. Y quizá por eso es uno de los personajes del Imaquinario a los que más cariño le tengo. Nace de una época de mi vida en la que estudiaba Derecho y no tenía la menor idea de qué quería hacer con mi futuro. Durante esos años buscaba desesperadamente algo o alguien que pudiera orientarme. Una persona, un maestro, un mentor, una señal, cualquier cosa que me dijera por dónde debía ir. Sentía que existía algún lugar al que tenía que llegar, pero no sabía cuál era ni cómo encontrarlo. Veía personas a mi alrededor que parecían tener bastante claro quiénes eran y qué querían hacer, mientras yo sentía que estaba dando vueltas tratando de encontrar una puerta que no aparecía por ninguna parte.
De esa angustia nace el Panda Atómico. Él también está buscando una puerta. Solo que, en su caso, es una puerta literal: quiere encontrar alguna manera de salir del mundo. Está convencido de que, si pudiera atravesar sus fronteras, subirse a una nave, cruzar algún agujero dimensional o encontrar cualquier mecanismo que lo lleve lejos de aquí, entonces finalmente podría ser feliz. En algún lugar, supone el Panda, debe existir un mundo mejor que esta realidad putrefacta. Un mundo donde las cosas funcionen como deberían funcionar, donde nadie lo traicione, donde nadie lo abandone y donde quizá alguien, finalmente, lo quiera.
Y allí aparece una contradicción del personaje que me interesa. El Panda dice que quiere escapar del mundo, pero quizá lo que realmente quiere es encontrar un lugar dentro de él. Su lugar.
Me atrevo a decir que todos tenemos un Panda adentro. Surge cuando las cosas simplemente no ocurren como habíamos imaginado. Puedes trabajar durante años para conseguir algo y perderlo. Puedes querer profundamente a alguien y no ser correspondido. Puedes tomar una decisión convencido de que es la correcta y descubrir mucho tiempo después que te llevó exactamente al lugar equivocado. Puedes incluso mirar hacia atrás y preguntarte por qué tu vida terminó tomando este camino y no alguno de los otros que alguna vez parecieron posibles.
Cuando eso se acumula aparece la frustración. Uno se pregunta por qué otros parecen haber encontrado su sitio, el aparente éxito, mientras que uno, que puede haberlo hecho todo bien, falla. Y, sobre todo, aparece una pregunta bastante infantil pero profundamente humana: ¿por qué el mundo no me da aquello que siento que debería darme?

El Panda responde a esa pregunta de la única manera que conoce: mandando al Imaquinario a la m. Y eso lo vuelve tan adorable dentro de las historias de Yute y Tocuyo. Conectamos con él. Es el renegón que está a punto de explotar, el que responde con un insulto cuando los demás intentan explicarle algo y el que probablemente preferiría morir antes que reconocer que necesita a alguien. Pero justamente allí aparece su vulnerabilidad, porque comienzo a sospechar que debajo de toda la amargura existe una necesidad mucho más sencilla. El Panda quiere afecto. Quiere sentirse aceptado. Quiere descubrir que existe algún lugar donde su presencia importa.
Tal vez por eso me interesa tanto la figura del renegón. A veces pensamos que las personas que están permanentemente molestas con el son aquellas que menos esperan de él, cuando podría ocurrir exactamente lo contrario. Quizá uno reniega precisamente porque todavía espera algo. Si realmente nada nos importara, tampoco habría demasiado de qué quejarse. La rabia necesita una expectativa frustrada. En el caso de el Panda, detrás de toda esa furia existe alguien que esperaba que el mundo fuera diferente.
Y ahí está también la pregunta que todavía no sé cómo responder sobre su historia. Sé que el Panda quiere escapar del Imaquinario, pero no sé si finalmente lo conseguirá. Porque mientras busca esa salida aparecerán Yute y Tocuyo, y con ellos otros personajes que poco a poco lo obligarán a hacer algo muchísimo más difícil para él que atravesar una dimensión: tendrá que confiar. Tendrá que colaborar con otros, depender de ellos, ayudarlos y, probablemente para su enorme fastidio, terminar queriéndolos.
Entonces su búsqueda puede cambiar completamente de sentido. Quizá el verdadero arco de Panda Atómico no consista en encontrar una puerta para salir del Imaquinario, sino en descubrir que aquello que estaba buscando afuera podía construirse dentro de él. Tal vez el Imaquinario siga siendo un lugar absurdo, caótico, injusto y muchas veces cruel, pero también puede convertirse en el lugar donde encuentre amistad, afecto y pertenencia. Y entonces tendrá que hacerse una pregunta mucho más difícil: ¿qué ocurre cuando finalmente encuentras un lugar al que perteneces dentro del mismo mundo del que llevabas toda la vida intentando escapar?
No sé todavía cuál será la respuesta. Me gusta no saberla, porque significa que Panda todavía tiene un camino por recorrer. Quizá algún día encuentre esa puerta y tenga que decidir si realmente quiere cruzarla. Quizá descubra que sanar no significa que el mundo deje de ser cruel, sino dejar de esperar que el mundo sea exactamente como uno quería que fuera. Y tal vez sea suficiente con eso: no amar todo el mundo, pero encontrar dentro de él algunos seres que hagan que valga la pena quedarse.